Juan Solaeche-Jaureguizar y Bielsa

Rector de la Sociedad de Estudios Internacionales

Las conversaciones mantenidas en Islamabad entre Estados Unidos e Irán han concluido, por ahora, sin acuerdo. El hecho no puede considerarse una simple incidencia diplomática ni un episodio más de la larga inestabilidad de Oriente Próximo. Lo ocurrido refleja, en realidad, la profundidad de una crisis estratégica que sigue abierta y en la que los márgenes de error son cada vez menores.

La negociación ha vuelto a tropezar con tres cuestiones de fondo: el enriquecimiento de uranio por parte de Irán, la seguridad y la libertad de paso en el estrecho de Ormuz y el encaje de la proyección regional iraní en un eventual marco de estabilidad futura. Pakistán, que aspiraba a consolidarse como mediador útil, ha logrado al menos evitar una ruptura inmediata del canal diplomático. No es un logro menor. Pero tampoco basta para hablar de una distensión real.

La teoría de juegos aplicada al conflicto entre Estados Unidos e Irán permite comprender mejor lo que está sucediendo. No estamos solo ante un desacuerdo técnico ni ante una controversia jurídica. Estamos ante una interacción de alta complejidad en la que cada actor calcula no solo sus intereses materiales, sino también el coste político de ceder, la imagen de fortaleza o debilidad que proyecta y la credibilidad de sus amenazas.

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Teoría de juegos

Washington quiere impedir que Teherán se consolide como una potencia de umbral nuclear. Teherán, por su parte, intenta evitar que la negociación desemboque en una rendición estratégica encubierta. Y el resto del sistema internacional observa con inquietud cómo esta confrontación puede derivar, si no se contiene, en una crisis energética de alcance global.

Una negociación atrapada en la desconfianza

Se ha recurrido muchas veces a la imagen del llamado “juego de pollo” para describir el enfrentamiento entre ambas potencias. La metáfora tiene utilidad, pero se queda corta. En ese tipo de juego, dos actores avanzan hacia la colisión y quien se aparta primero se muestra como el perdedor. Esa lógica existe, sin duda, en el pulso entre Washington y Teherán: ninguno quiere ser visto como el primero en retroceder.

Sin embargo, la realidad es más compleja. Aquí no solo hay desafío frontal. Hay también negociación repetida, información incompleta y una desconfianza tan arraigada que incluso las concesiones razonables terminan interpretándose como posibles trampas. Estados Unidos no sabe con certeza cuánto valora Irán la opacidad nuclear frente al alivio económico. Irán, a su vez, tampoco sabe si Washington aceptaría un acuerdo limitado y verificable o si, en el fondo, aspira a una capitulación progresiva envuelta en lenguaje diplomático.

Esa incertidumbre mutua contamina todo el proceso. Lo que en otro contexto podría verse como un gesto de flexibilidad aquí puede entenderse como una maniobra para ganar tiempo, reposicionarse o reforzar la propia ventaja negociadora. Por eso, en esta crisis, no basta con alcanzar un acuerdo. Es imprescindible que ambas partes crean que ese acuerdo no será usado tácticamente contra ellas más adelante.

Ahí aparece uno de los elementos más delicados de toda negociación estratégica: el problema del compromiso creíble. No se trata solo de pactar, sino de asegurar quién verifica, cómo y qué consecuencias se activan si una de las partes se aparta de lo pactado. Sin ese mecanismo de confianza mínima, cualquier arquitectura diplomática nace herida.

El programa nuclear iraní como núcleo duro del conflicto

El expediente nuclear sigue siendo el centro real de la disputa. Mientras persistan dudas sobre el alcance, la transparencia y el control del programa nuclear iraní, la desconfianza seguirá imponiéndose sobre cualquier otro cálculo. Y cuando eso ocurre, el espacio para la cooperación se reduce drásticamente.

La opacidad, en este terreno, no es un detalle técnico. Es una variable estratégica. Para Estados Unidos, eleva el coste de aguantar. Para Irán, incrementa el valor negociador de la ambigüedad. Para terceros países, multiplica el riesgo de un cálculo equivocado . Cuanto menor es la transparencia, mayor es la tentación de interpretar el peor escenario como el más probable.

Ese es precisamente el problema: un programa nuclear rodeado de incertidumbre modifica los incentivos de todos los jugadores. Ya no se decide solo en función de hechos comprobados, sino también de percepciones, sospechas y temores. Y en escenarios tan sensibles, las percepciones equivocadas pueden resultar tan peligrosas como las amenazas reales.

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El estrecho de Ormuz, palanca estratégica global

Si el programa nuclear iraní constituye el corazón técnico del conflicto, el estrecho de Ormuz simboliza su corazón sistémico. No es simplemente un corredor marítimo. Es un punto estratégico   para el estrangulamiento de la economía mundial. Todo lo que ocurre allí afecta mucho más allá de la región.

Por eso Ormuz tiene un valor estratégico extraordinario. Funciona como una palanca de presión sobre el sistema global. Cuanto más importante es para el comercio energético internacional, más eficaz se vuelve como instrumento de amenaza. Pero, al mismo tiempo, cuanto más se utiliza como elemento de presión, más incentivos tienen otros actores para neutralizar esa capacidad de coerción.

Ahí reside la gran paradoja del estrecho. Su importancia le empodera, pero ese mismo poder lo convierte en un espacio especialmente vulnerable a la intervención, al control internacional y a la reacción de potencias que no pueden permitirse una interrupción prolongada del tránsito.

En consecuencia, el estrecho de Ormuz ya no puede entenderse como un elemento de la política iraní o estadounidense. Es una pieza central de la seguridad internacional. Cuando Ormuz entra en tensión, no solo peligran los equilibrios regionales: afecta igualmente a los mercados energéticos , la estabilidad comercial y de la misma forma la confianza global.

 estrecho de Ormuz

Pakistán y la tentativa de una salida gradual

Pakistán ha tratado de desempeñar un papel más ambicioso que el de cómodo anfitrión. Su estrategia parece haber sido clara: intentar transformar una confrontación de suma negativa en una secuencia progresiva de entendimientos parciales. No resolverlo todo de golpe, sino crear un mecanismo gradual que permita consolidar primero el alto el fuego y desarrollar después una negociación más amplia sobre sanciones, garantías, activos congelados y límites verificables.

Desde el punto de vista estratégico, ese enfoque tiene lógica. En conflictos en los que la confianza inicial es prácticamente inexistente, los grandes acuerdos suelen fracasar porque exigen demasiado, demasiado pronto. En cambio, los arreglos graduales permiten que la credibilidad se construya por hitos, mediante hechos concretos y verificables.

Eso no garantiza el éxito, pero sí ofrece una base más realista que la retórica de acuerdos definitivos e inmediatos. En este tipo de crisis, la estabilidad no suele iniciarse con un gesto espectacular, sino con una acumulación lenta de pequeños movimientos.

La posición de Irán y la lógica de la dignidad estratégica

La postura iraní tampoco puede analizarse únicamente desde parámetros técnicos o militares. Irán no busca sólo seguridad. Busca también preservar su dignidad y su capacidad de disuasión estratégica y su legitimidad interna. No quiere aparecer ante su opinión pública ni ante sus aliados regionales como un actor obligado a aceptar un acuerdo redactado bajo presión por terceros.

Ese factor simbólico es decisivo. A menudo, en este tipo de negociaciones, el lenguaje del honor, la soberanía y el reconocimiento pesa tanto como las cifras, las inspecciones o las cláusulas. Un acuerdo que humilla puede ser, a medio plazo, tan inestable como un acuerdo insuficiente. Recordemos Versalles.

Teherán sabe que ceder demasiado puede debilitar su posición regional y erosionar su imagen interna. Pero también sabe que una escalada sostenida en el tiempo termina por incrementar el coste económico, diplomático y militar . Su cálculo, por tanto, no es simple. Oscila entre la necesidad de resistir y la conveniencia de evitar una confrontación abierta de consecuencias imprevisibles.

Estados Unidos y el riesgo del maximalismo

Estados Unidos tampoco negocia solo desde la lógica del derecho o de la no proliferación. Negocia desde la credibilidad estratégica. Si Washington aceptara un Irán demasiado próximo al umbral nuclear, enviaría una señal de debilidad a sus aliados y a otros adversarios. Pero si eleva tanto sus exigencias que convierte cualquier acuerdo en inviable, corre el riesgo de empujar a Teherán a valorar más la ambigüedad nuclear que el alivio económico.

Esa es una de las trampas clásicas del poder: embarullar la capacidad de presión y la capacidad de solución. La superioridad puede endurecer la posición negociadora, pero también puede volverla contraproducente si se convierte en maximalismo. Y en política internacional, exigirlo todo suele ser una forma eficaz de bloquear incluso lo posible.

Una salida imperfecta, pero realista

La solución más razonable no parece ser, al menos por hoy, un acuerdo total, definitivo e inmediato. Lo más plausible sería algo más modesto, pero también más sólido: un equilibrio de cooperación condicional. Un marco gradual, verificable, limitado y reversible.

Estados Unidos debería asumir que un programa nuclear civil estrictamente acotado y sometido a un control exhaustivo puede ser una meta más alcanzable que una exigencia de desmantelamiento absoluto. Irán, por su parte, tendría que comprender que la utilidad táctica de la opacidad puede resultar menos rentable que la utilidad estratégica del reconocimiento, la reducción gradual de las sanciones y la disminución del riesgo de guerra.

Y el estrecho de Ormuz debería dejar de actuar como rehén de la disputa para ser tratado, en la práctica, como un espacio cuya estabilidad interesa al conjunto del sistema internacional. No porque desaparezcan los intereses nacionales, sino porque el coste de instrumentalizar esa vía marítima es demasiado alto para demasiados actores a la vez.

Nada de esto conduciría a una paz ideal. Pero conviene recordar que, en escenarios de alta desconfianza,  la estabilidad vale más que la grandilocuencia. A veces no se trata de alcanzar una paz perfecta, sino de construir un marco en el que incumplir resulte más costoso que cooperar.

Rediseñar el juego antes de que sea tarde. De momento,  la negociación entre Estados Unidos e Irán sigue ganando tiempo, pero no produce una salida clara. Y esa es la cuestión decisiva: si ese tiempo servirá para reconducir la confrontación o si solo estaremos asistiendo a una pausa entre dos fases de una crisis mayor.

Mientras el programa nuclear iraní siga envuelto en la opacidad, mientras el estrecho de Ormuz continúe siendo utilizado como palanca y mientras cada concesión siga interpretándose como una posible trampa, el equilibrio seguirá siendo precario. La paz, en estas condiciones, no depende solo de la voluntad política. Depende, sobre todo, de que las partes acepten que no basta con mover fichas en el tablero: hay que rediseñar el juego.

Juan Solaeche- es diplomático y rector de la Sociedad de Estudios Internacionales que preside SM el Rey Don Juan Carlos I

 

 

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