Jacobo Morillo

Analista Geopolítico

Hay países que se definen por sus enemistades. En 1979 Irán transitaba de una monarquía despótica a un régimen teocrático que cambiaría el ecosistema de alianzas de Oriente Medio. La República Islámica de Irán se convertiría en el mayor enemigo de Israel y máximo disidente a ojos de Estados Unidos. A pesar del cambio de régimen, la teocracia se gestó sobre los pilares de una civilización milenaria, con población plenamente consciente de su identidad y de su constelación étnica, religiosa, lingüística.

Trascendiendo su historia, Irán es potencia regional por masa demográfica, recursos naturales, enclave geográfico, redes industriales y sociedad tecnificada. A ello se le debe añadir su influencia como epicentro del chiísmo dentro del orbe musulmán y una particular arquitectura institucional.

La instauración de la República islámica condujo a un modelo de control represivo en clave interna y red de proxis en su proyección exterior. La pirámide de poder iraní se sostiene sobre una morfología que se define por su resiliencia: el orbe clerical liderado por el ayatolá como líder supremo y figura central del régimen; la Guardia Revolucionaria (IRGC) sostiene el poder fáctico como órgano transversal de control y garante del sistema (cuya proyección en el exterior recae sobre las fuerzas Quds); y los Basij, grupo paramilitar bajo control de la Guardia Revolucionaria que está infiltrado en cada estrato del país, cuyo volumen (supera el millón de afiliados) explica el control del régimen en cada esfera institucional y social.

El sistema está constituido para que ninguna institución concentre demasiado poder, una condición que resta eficiencia, pero gana en resiliencia. El régimen está diseñado para sobrevivir por la dispersión de fuerza con dos servicios de inteligencia, dos ejércitos (Guardia Revolucionaria y Ejército regular [Artesh]), el Consejo de Guardianes, el poder judicial y la presidencia del Gobierno: cada poder cuenta con su contrapeso y alternativa, una complejidad estructural diseñada para funcionar por sistema más allá de personalidades. Un Estado mosaico constituido para mantener sus instituciones ante injerencias de diferente naturaleza o calibre. Un país diseñado para sobrevivir a sanciones, bombardeo de infraestructura crítica, muerte de líderes y convulsiones populares internas, sin perder su categoría de epicentro regional.

Irán forjó su condición de potencia regional a través de una proyección de poder específica, basada en una la estrategia de defensa avanzada. Las limitaciones palpadas por el Estado iraní en la guerra contra Iraq (1980-1988) aleccionó a las elites de Teherán a evitar enfrentamientos de guerra convencional y configurar una doctrina más apropiada a los recursos y canales a disposición del régimen. Irán Instrumentalizó su influencia como bastión chií y desarrolló una red de alianzas dentro de Oriente Medio que amplificaron su radio de influencia a través de proxis: el régimen de Asad en Siria, Hezbollah en el Líbano, las milicias chiís en Iraq, los huties en Yemen y Hamas (a pesar de no ser chií) en Palestina, dotaron a la nación persa de un brazo operativo extremadamente complejo de contrarrestar y muy diferente al despliegue de poder de otras potencias regionales.  A ello se le suma sus bases industriales estratégicas, con un sector armamentístico propio (UAVs Shahed-136) que ha servido para surtir de material militar a grupos afines durante décadas, y que en últimas fechas ha evidenciado tanto las capacidades como las limitaciones reales del Estado.

El ataque de Hamás en octubre de 2024 dio pie a una serie de operativos israelíes que yugularon a los proxis iranies y acabaron con gran parte de sus capacidades defensivas entre la guerra de los 12 días en junio de 2025 y los meses iniciales de 2026.

La caída de Hamas y el régimen de al Assad minimizaron su radio de influencia, además de la reducción de poder de Herbolan en Líbano. La guerra de los 12 días supuso un momento crítico para Irán al evidenciar la pérdida de capacidad de acción. Sin embargo, la miopía estratégica de Trump ha dado una oportunidad a Teherán de revertir su posición y mostrar sus credenciales geopolíticas, utilizando el activo geoestratégico más valioso. El bloqueo de Ormuz ha puesto en jaque a los mercados globales y ha creado un cisma sistémico entre los aliados de Estados Unidos por la magnitud de sus consecuencias.

Barcos barados

La clave de la supervivencia del régimen iraní está en su arquitectura de poder. Teherán ha gestado una ingeniería institucional tan enraizada como dispersa capaz de resistir a diferentes escenarios disruptivos. Quedó patente tras los asesinatos de líderes de diferentes estratos (el propio ayatolá, militares, científicos o políticos), al poder mantener la funcionalidad institucional en momentos críticos.

La constante que ha puesto el foco internacional en Irán ha sido su programa nuclear, argumento motriz para imponerle sanciones. Teherán lleva décadas avanzando en su desarrollo, justificando su inversión con propósitos energético-civiles, no militares, a pesar de haber alcanzado el 60% de enriquecimiento de uranio (se necesita llegar al 90% para uso armamentístico).

En clave geopolítica, la comunidad internacional es consciente de que ser potencia nuclear otorga un poder de disuasión que marcaría un punto de inflexión en la relación de fuerzas, con el riesgo añadido de incitar a una carrera armamentística regional. La apuesta por el programa nuclear ha acarreado sanciones que han condicionado la economía iraní, la cual dispone de la infraestructura y recursos naturales para ser un polo comercial en la región, sin embargo, su potencial está restringido como consecuencia de las prioridades del régimen en su carrera nuclear.

A las vértebras de poder político se le añade la clave de la fisionomía económica del Estado. Irán es una potencia energética y exportadora por sus recursos naturales y, a pesar de que las sanciones han limitado su comercio, ha conseguido sustentar su economía con la venta de hidrocarburos hacia el este, especialmente China. Además, el régimen dispone de una economía sumergida con canales alternativos a los oficiales para sortear las sanciones. Ha desarrollado una red de exportación alejada de radares internacionales que le ha permitido diversificarse. Irán atesora una base industrial que demuestra su consistencia estructural que la diferencia de otras naciones de Oriente Medio; además sus puertos logísticos constituyen ejes comerciales para el tráfico del estrecho de Ormuz, lo que también deja de manifiesto el impacto que está dispuesto a asumir en su economía con el bloqueo actual.

Estrecho Ormuz

Estrecho Ormuz

Irán sustenta el centro de gravedad diplomático, lo que le permite contemporizar las negociaciones y supeditar éstas a la cuestión nuclear ante la prioridad internacional por reactivar el tráfico marítimo. La prolongación del bloqueo – que la Administración republicana ha copiado más como maniobra narrativa – tiene en jaque a la red energética global, y Teherán está utilizando como medio de presión contra Washington y Tel Aviv, como así lo fueron sus ataques en el Golfo.

Es pronto para cuantificar el golpe reputacional, económico, diplomático y estratégico de Estados Unidos, pero la dinámica de declive que encauza el país se reconoce por un patrón geopolítico, con Trump como la personificación de tal decadencia.

Respecto al otro involucrado, Netanyahu alargará cualquier guerra que le perpetúe en el poder; no se puede permitir que la paz le condene. Sin embargo, la guerra contra Irán trasciende este triángulo y replanteará partituras estrategias en Oriente Medio, empezando por los países del golfo Pérsico. Entre la niebla del conflicto es complejo medir con exactitud el respaldo de China y Rusia a Irán, pero la confrontación actual les beneficia: Moscú con los precios de la energía; China sigue la máxima de no interrumpir a su rival cuando se está equivocando.

Irán ha vivido sucesivas protestas sociales durante décadas que han sido reprimidas con violencia. La última a principios de año a raíz de la coyuntura económica. A pesar de la ruptura del contrato social entre el régimen y su sociedad, ha quedado en evidencia que la injerencia exterior eclipsa cualquier descontento social con su gobierno. La ausencia de una oposición consolidada y el monopolio de la fuerza por parte del régimen son señales orgánicas para no visualizar a corto plazo cambios estructurales en Teherán.

Irán es un país encriptado. Un Estado con una base industrial resolutiva y autónoma, un organigrama de poder político y militar descentralizado y una ubicación en el mapa que le otorga poder específico por naturaleza geográfica. Todo ello convierte a la República teocrática iraní en un actor muy difícil de hacer colapsar. Exige una apuesta que ningún país está dispuesto a asumir. Tel Aviv por el contexto personal de su primer ministro y Washington por la miopía estratégica de Trump han llegado hasta donde su visión transaccional y cortoplacista le permiten.

El orden económico interdependiente a partir de redes energéticas, financieras, logísticas y militares refuerza a los actores con la mayor capacidad de absorber las disrupciones y minimizar vulnerabilidades. Es en este escenario en que Teherán sobresale. La doctrina iraní está diseñada para la resistencia.

La República Islámica ha forjado un Estado tan funcional como represivo, preparado para sostenerse ante ataques y perturbaciones externas. Aún debilitado en su proyección tras menguar sus proxis en Gaza, Líbano y Siria, Teherán cuenta con la constante de su geografía, su resiliencia económica y canales de presión a su favor en Oriente Medio capaces de optimizar el error estratégico de Trump en una de las arterias geoeconómica del globo.

Mientras Trump se pierde en jerarquías, sus rivales absorben el contexto y ocupan líneas de flotación, dejando en evidencia las limitaciones estratégicas de la Administración estadounidense. El tipo de confrontación contra Irán refleja el error de Washington de confundir estrategia con táctica. Teherán, por su parte, ha transformado una amenaza existencial en una crisis global a partir de su geografía, la cual le permite repercutir en la cadena de suministros global.

Ambos países se encuentran en un duelo geopolítico; la crisis transita por momentos de una guerra regional a un pulso diplomático en el cual Teherán dispone de la manija del tiempo. En esta alquimia geopolítica, Washington debe lidiar con la presión internacional de ser el actor disruptivo, sin que la narrativa contra Teherán convenza a sus aliados ni en Europa ni en el golfo Pérsico.

Jacobo Morillo es experto en Geopolítica, analista independiente, inteligencia y especializado en Conflictos Armados, Terrorismo y Geopolítica.

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