Por Sandra Guerra
Consultora en comunicación política y gestión de crisis de gobierno – Perú
Para un observador internacional, la política peruana es una anomalía fascinante que desafía las leyes de la gravedad institucional. Al iniciar mayo, el país se encuentra en un limbo que tensiona mercados y credibilidad democrática: aunque Keiko Fujimori ha consolidado el primer lugar, el Perú sigue sin proclamar oficialmente quién disputará el balotaje entre Roberto Sánchez y Rafael López Aliaga.
La razón es simple: el proceso no está detenido por falta de conteo, sino por una fase jurídica activa. Miles de actas observadas e impugnadas están siendo revisadas por los Jurados Electorales Especiales, lo que mantiene en suspenso el segundo lugar. Este volumen de impugnaciones responde, en buena medida, a una estrategia de litigio electoral impulsada con mayor intensidad por el entorno político de Rafael López Aliaga, quien, ante una diferencia mínima, tiene incentivos para cuestionar cada voto. En paralelo, denuncias de fraude han trasladado el proceso del terreno técnico al terreno político. En el Perú, los votos no solo se cuentan: se litigan y se disputan.
- El país que se segmenta: territorio como código comunicacional
El Perú no vota en bloques, vota en segmentos comunicacionales. Gran parte del sur andino (Puno, Cusco, Apurímac y Ayacucho) responde a narrativas de identidad, exclusión y reparación histórica. En el eje central, Junín, Huancavelica y Pasco, la recepción del mensaje es más variable y depende del tipo de codificación, económica o reivindicativa. En la costa y Lima, el voto se activa principalmente desde marcos de seguridad, estabilidad y riesgo económico.
Pero Lima no es un bloque. Es un espacio donde conviven audiencias distintas, sectores consolidados que consumen narrativa de estabilidad y sectores de origen migrante que mantienen códigos simbólicos del interior. En términos comunicacionales, Lima no es un público, es un mercado segmentado en disputa.
Cada territorio no solo vota distinto, escucha distinto. Y en esta elección, esa diferencia no es un detalle: es el sistema. Ahí se rompe todo.
- Arquitectura de la campaña: modelos en disputa
La campaña no fue homogénea. Fue una superposición de estrategias que responden a modelos distintos de comunicación política.
Keiko Fujimori no encarna una derecha clásica, sino una derecha popular de anclaje territorial. Su fortaleza no está en ampliar voto, sino en sostener un núcleo duro altamente disciplinado, construido durante décadas. Opera como un centroderecha pragmática con lenguaje accesible, capaz de penetrar en sectores populares y mantenerse competitiva incluso en territorios adversos. No crece mucho, pero tampoco se cae.
Rafael López Aliaga representa una derecha de confrontación. Su estrategia se basa en la polarización y la denuncia. Sin embargo, su principal debilidad ha sido comunicacional: una gestión de exceso de tono. Episodios de lenguaje agresivo, respuestas impulsivas y una narrativa de confrontación constante limitaron su expansión. Más que por propuesta, su caída se explica por percepción, soberbia, exceso y falta de control discursivo. Se le fue la mano. Y en campaña, eso se paga.
Roberto Sánchez actúa como articulador de una izquierda fragmentada. No construye desde cero, sino sobre bases heredadas. Su fortaleza está en el lenguaje: mejor codificación simbólica, mayor capacidad de conectar con demandas históricas y un discurso más ordenado. No destaca por la calidad de sus propuestas, sino por su capacidad para comunicar mejor con su electorado. Aprovecha el espacio político ya estaba armado.Ya no compiten ideologías; compiten formas de ejercer el poder.
- Del voto al relato: indicios, fraude y posición institucional
Las denuncias de fraude se sostienen en indicios concretos, actas con errores, patrones de votación cuestionados, inconsistencias formales, testimonios y denuncias en curso. Estos elementos, aunque no constituyen una prueba concluyente, han sido articulados políticamente, principalmente desde el entorno de Rafael López Aliaga, como evidencia de manipulación.
Sin embargo, la posición institucional ha sido clara. El Jurado Nacional de Elecciones ha descartado la anulación del proceso y ha rechazado la realización de nuevas elecciones parciales, manteniendo el cronograma electoral vigente.
Aquí está el conflicto: no hay fraude probado ni validado oficialmente, pero tampoco una clausura política de la sospecha. La elección continúa bajo calendario, con la segunda vuelta fijada para el 7 de junio de 2026, mientras la disputa por la legitimidad se desarrolla en paralelo. Nadie cierra la historia y todos la usan.

- Segunda vuelta: estrategia, miedo y relato de extremos
La segunda vuelta no prolonga la campaña: la redefine y va a ser muy reñida y ajustada.
En este escenario entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, lo que entra en juego no es un debate de propuestas, sino una disputa de percepciones.
La derecha tiene una hoja de ruta clara: construir un marco de riesgo. Venezuela, crisis económica, pérdida de estabilidad. No busca convencer, busca activar miedo en votantes indecisos o moderados. Es una campaña de contención.
La izquierda enfrenta el reto inverso: neutralizar ese miedo. Sánchez necesita reencuadrar el ataque como exageración de élites y devolver el eje a desigualdad, abandono y representación. Su éxito dependerá de mantener cercanía sin activar pánico económico.
El votante no elige proyecto; elige a qué miedo le cree más. Y en ese tipo de elección, los votos no son leales: son prestados, tácticos, reversibles. Se mueven hasta el último día.

Congreso de la República del Perú
- El parlamento como poder real
El Perú ha desarrollado una dinámica política particular, el poder no reside únicamente en el Ejecutivo, sino en el Congreso.
La figura de la “incapacidad moral permanente” ha convertido la vacancia presidencial en una herramienta recurrente. Entre 2016 y 2023, el país tuvo seis presidentes: Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, Manuel Merino, Francisco Sagasti, Pedro Castillo y Dina Boluarte.
Gobernar, en este contexto, no es ejecutar un plan: es sobrevivir. Y ni si quiera, eso alcanza.
- Atomización política: el dato que explica todo
La elección de 2026 tuvo 36 candidatos presidenciales, un récord histórico.
No es anecdótico. La situación es el reflejo de un sistema de partidos débil, con baja representación real y alta facilidad de inscripción. En este sentido, es natural que el resultado sea un voto completamente fragmentado donde nadie supera el 20% y la segunda vuelta se define con minorías relativas.
Esta atomización tiene otra consecuencia: muchos partidos no superan la valla electoral y pierden inscripción, quedando fuera del sistema político formal en el siguiente ciclo. Esto no ordena el sistema, lo reinicia constantemente.
En paralelo, las elecciones regionales y municipales de octubre funcionarán como un nuevo tablero: reaparecerán liderazgos locales, movimientos regionales y nuevas plataformas que no necesariamente pasan por los partidos nacionales.
- El Perú no tiene un sistema político integrado, tiene múltiples circuitos de poder que se rearman elección tras elección. Cada elección arma y desarma el mapa.
- El problema del Perú en 2026 no es solo quién gana, sino qué sistema queda después. La elección no ordena el poder. Apenas lo acomoda por un tiempo.
- La política no se define en las urnas. Se define en lo que viene después. Y en el Perú, eso casi siempre es conflicto.
*Sandra Guerra es CEO de Guerra & Poder. Especialista en estrategia, narrativa y gestión de poder en América Latina.
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