Por FERNANDO JÁUREGUI

Al periodismo, tras el coronavirus, no lo va a conocer ni la madre que lo parió. Hay un antes, que estaba ya en transformación, y un después. Lo que ocurre es que muy pocos imaginan cómo será este después. Probablemente, aventuro, algo peor.

La ‘vuelta’ a la neo-(a)normalidad, o sea, a todo lo nuevo que nos espera tras el fin de la vida tal como la conocíamos, se llama, para mí, webinar (de web y ‘seminar’). Es decir, ese tipo de conferencia, taller, seminario, tertulia o rueda de prensa que se transmite por Internet. Confieso que, hasta comienzos de marzo, poco antes de que se iniciase nuestro confinamiento, la palabra me era desconocida, aunque no lo fuese, claro, el concepto. Ahora, todo es webinar, casi nada es presencial. El ejercicio del periodismo va a cambiar no poco, y quizá la intensidad del mismo también, cuando no podamos mirar, cara a cara, a los ojos de nuestros interlocutores, tratando de averiguar, a través de sus vacilaciones, de sus carraspeos, si nos dicen o no la verdad. No es lo mismo, no, hacer una entrevista a metro y medio del entrevistado que con cámara y pantalla por medio.

Hace pocas horas, por ejemplo, he participado por Internet en un ‘desayuno’ virtual, o sea, sin café ni cruasanes, con un político que estaba en Sevilla. Mañana, un grupo de colegas tenemos un encuentro, desde Madrid, con una política nacional que vive a ochocientos kilómetros, y pasado he de moderar una conferencia interactiva sobre el futuro del turismo en el Club Siglo XXI, que también ha tenido, claro, que adaptarse a los nuevos tiempos.

Nada será igual para nosotros desde que el presidente del Gobierno recibe a los medios en La Moncloa a través de la no tan pequeña pantalla. Sin repreguntas, lo que es lo mismo que decir que, cuando conviene, sin verdaderas respuestas. Un antes y un después, en suma, aunque pienso que nuestra obligación, como colectivo, es restablecer puentes de presencia, de cercanía. Veremos si lo conseguimos.

Una de mis hijas, profesora en un colegio de los Alpes franceses (temporalmente cerrado, por supuesto), ha pasado tres meses dando clases telemáticas, en inglés y francés, desde nuestro domicilio en la Comunidad madrileña, a sus alumnos, consciente ella también de que, a partir de ahora, nada será igual: la semana próxima me ha invitado a mantener un encuentro formativo con ellos, dispersos por Francia, Suiza y ocho provincias españolas. La educación habrá, como tantas otras cosas –todo–, de repensarse. Y comunicación es educación, y viceversa.

No entiendo a los que, con levedad y pensando tan solo en la ‘apertura de rejas’ del verano, prometida por Pedro Sánchez, dicen que, en el fondo, casi nada cambiará, contra lo que afirman (afirmamos) los ‘pesimistas-catastrofistas’. Como si todo lo que hemos vivido y muerto en estos tres meses se borrase con la mera apertura de los bares, como si eso fuese todo lo que importa. No seamos frívolos, ni negativos: dejemos a un lado un razonable pesimismo y también un innecesario catastrofismo. Pero lo cierto es, me parece, que casi todo cambiará, no todo necesariamente para mal, en la era del webinar, del metacrilato y cuando hasta se nos invita a gozar del sexo virtual, que ya se sabe que es menos divertido porque resulta muy solitario. Es otra cosa, en resumen.

Van a cambiar, están cambiando, en esta ‘nueva normalidad’ (que es una gran contradicción, un gran oxímoron) las aulas escolares, que ahora se reabren sin fútbol en los recreos, y van a cambiar, espero, las residencias de mayores, para que no vuelvan a sonrojarnos algunos gestores sin escrúpulos ni sentimientos. Y cambiarán, están cambiando, el concepto del teletrabajo, y el del turismo, el de ir a comprar a las tiendas, los cines o la fiesta de los toros, si sobrevive.

Ignoro cuándo volveremos a la vieja normalidad, si es que volvemos, insisto: dicen, por ejemplo, que el tráfico aéreo no será lo que era hasta febrero de 2021, al menos; y eso, con mascarillas, otro signo de nuestra época. Llegará, creo, antes la vacuna contra este virus que el olvido de todo cuanto hemos sufrido, aunque la mente humana sea selectiva y procure recordar solo las partes más agradables.

Quizá solamente el Gobierno, los partidos políticos, algunas instituciones que no han estado a la altura, piensen que, cambiando apenas algo, poco, todo va a seguir igual, como si Lampedusa siguiese, en estos tiempos de mudanza, estando vigente: designando a los amiguetes para cargos rentables sufragados por el erario público, por ejemplo.  O reduciendo las tareas parlamentarias a sacudirse de lo lindo. O escaqueando las respuestas a las cada vez más acuciantes preguntas de los verdaderos periodistas.

Fernando Jáuregui

Periodista y analista político 

Uno de los periodistas de mayor prestigio de España. Colabora en numerosas cadenas de radio y televisión en tertulias de actualidad política. Ha sido corresponsal de la Agencia EFE en la ONU en Ginebra y de Pyresa en Lisboa. Fue subdirector de informativos de Tele 5, y ha trabajado en la COPE y RNE. Es autor de una veintena de libros de política. Hasta 2015 fue director del diario digital Diariocritico.com