Por Jose´Antonio Gurpegui Palacios
Director del Instituto Franklin – UAH
La prensa se refiere comúnmente al conflicto que se está librando en Oriente Medio como una guerra entre Estados Unidos e Irán, pero lo cierto es que esta ha sido y sigue siendo, en gran medida, la guerra de Israel.
El actual conflicto es para el gobierno de Jerusalén un capítulo más, tal vez la conclusión, del que inició cuando comandos del grupo terrorista Hamás perpetraron su ataque el 7 de octubre de 2023. Desde esa fecha, Israel ha permanecido en un continuo estado de confrontación. Tras el enfrentamiento inicial con Hamás en Gaza, las tensiones se han extendido a otros frentes, incluyendo a Hezbolá en el Líbano, a los hutíes en Yemen y a diversas milicias activas en Siria e Irak. En todos los casos, ha sido el gobierno de los ayatolás en Irán quien ha prestado apoyo político, financiero y militar a estos grupos que cuestionan la existencia misma del estado de Israel.
Israel, según declaraciones de su ministro de defensa Israel Katz, tenía previsto atacar a mediados de año, pero los levantamientos y revueltas populares en Teherán durante el mes de enero -2026- suponían una peculiaridad histórica que no podían dejar pasar.
Por primera vez desde la Revolución Islámica de 1979, no eran los estudiantes quienes cuestionaban el sistema político establecido por Khomeini, sino que las protestas estaban protagonizadas por comerciantes y clases medias. Este fue el motivo que propició la visita de Benjamín Netanyahu y David Barnea, director del MOSSAD, a Washington y el asunto que se trató en la reunión mantenida con Donald Trump el 11 de febrero. En esa reunión también estaban presentes Marco Rubio, secretario de Estado; Susie Wiles, jefa de Gabinete de la Casa Blanca; Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto; John Ratcliffe, director de la CIA, entre otros.

El contenido de aquella primera reunión fue desvelado en el artículo “How Trump Took the U.S. to War With Iran” firmado por Maggie Haberman y Jonathan Swan el 7 de abril –siempre de 2026-. En aquella reunión el primer ministro israelí presentó al presidente estadounidense un plan bélico para provocar un cambio de régimen político en Irán.
Al día siguiente, 12 de febrero, volvió a celebrarse una nueva reunión, ahora sin los israelíes, a la que se incorporó el vicepresidente J. D. Vance. Todos los referidos consejeros del presidente se mostraron escépticos ante Netanyahu,una implicación directa de los Estados Unidos en el conflicto, advirtiendo sobre el riesgo cierto de que una escalada bélica regional pudiera derivar en el bloqueo del estrecho de Ormúz.
Trump, siempre según el artículo de Haberman y Swan, hizo oídos sordos a las advertencias mostrándose receptivo al planteamiento presentado por Netanyahu, a quien aseguró que el plan elaborado por el MOSSAD “Sounds good to me”. La proximidad temporal del éxito en la extracción del líder venezolano Nicolás Maduro bien pudo resultar determinante en la decisión final del presidente estadounidense.
La guerra se inició con el bombardeo conjunto de Estados Unidos e Israel el 28 de febrero y, tal como se predijo en la reunión de Washington, se eliminó a figuras claves del régimen de los ayatolás, incluido el líder supremo Alí Khamenei. Esa fue la única parte del plan israelí que se discurrió tal como estaba previsto. El resto ha venido siendo un despropósito tras otro dando la razón a Ratcliffe quien calificó el plan para derrocar el régimen de los ayatolás de “farsa”, a Rubio, que valoró el plan como una “mierda”, y a Cain, según él lo expuesto por Netanyahu y Barnea era “el procedimiento habitual de los israelíes: tienden a exagerar, y sus planes no siempre están bien desarrollados. Saben que nos necesitan, y por eso los venden con tanta insistencia.”
Lejos de provocar un colapso inmediato, la ofensiva reforzó la cohesión del régimen, pues errores estratégicos como bombardear una escuela causando más de cien víctimas infantiles, supuso un gravísimo error de calado. El pueblo no se lanzó a las calles como habían previsto, y el gobierno iraní, además de mostrar capacidad de control interno, reaccionó con contundencia internacionalizando el conflicto y convirtiendo la región en un polvorín de considerables dimensiones.
Desde el inicio de la guerra la narrativa estadounidense estuvo marcada por el positivismo que intentaba transmitir Trump en sus continuas comparecencias asegurando que los objetivos se habían cumplido. Sus optimistas manifestaciones contrastaban con la evolución real del conflicto. Además de la expansión regional de los ataques, el gobierno iraní cerró el estrecho de Ormuz convirtiendo su control en un instrumento clave tan poderoso como la superioridad aérea que tenían Israel y Estados Unidos.
Los errores tácticos estadounidenses continuaron, evidenciando una preocupante falta de planificación y coherencia estratégica una vez que el plan original había fracasado.
Trump ahondó aún más en el distanciamiento con sus aliados de la OTAN —ya erosionada con la guerra de Ucrania y el contencioso de Groenlandia— al reclamar su respaldo sin haberles consultado ni informado previamente de su decisión de entrar en la guerra. Al mismo tiempo la acumulación de tropas en la región desató sospechas y alimentó especulaciones sobre un eventual desembarco de marines, una alternativa que, de haberse materializado, habría supuesto una escalada mucho más peligrosa y un error estratégico de primer orden.
Las negociaciones con el gobierno pakistaní de intermediario discurren como una metafórica partida de ajedrez que terminará en unas tablas en la que ambos contendientes retornarán a las casillas de salida. Con fichas negras, Irán no tiene otra opción más allá de resistir, en la convicción de que esa resistencia supone en sí misma una victoria al impedir el cambio de régimen que perseguían sus atacantes.
Al otro lado del tablero, Estados Unidos carece de un plan estratégico de salida claro y, una vez descartada la victoria mediante intervención militar directa, ha optado por una estrategia de presión económica, bloqueando el estrecho de Ormuz a las importaciones y exportaciones iraníes en un intento de asfixiar económicamente a su adversario.
En estos momentos el conflicto ha llegado a un punto que tan solo un acuerdo diplomático lograra alcanzar una suerte de punto final a las hostilidades. En buena medida el debate ha quedado reducido a dos aspectos fundamentales: la reapertura del estrecho de Ormuz al comercio internacional sin tasas de tránsito y cuyo bloqueo está alterando la economía global, y desmantelar el programa nuclear iraní con fines militares, considerado por Estados Unidos como amenaza de alcance mundial.
En la referida partida ajedrecística entre ambos países asumen que su posición sobre el tablero tiene ventaja respecto al adversario y, enrocados en la perversa obligación de proclamarse vencedores, estudian con detenimiento cada movimiento del contrincante. Ello nos ha conducido a un impasse difícilmente sostenible, pues ambos contendientes ya han perdido la partida.
Irán ha sufrido graves daños económicos y en el terreno político no tengo duda que esta guerra supondrá, a corto o medio plazo, el fin del régimen de los ayatolás; Estados Unidos ha incurrido en unos gastos militares que condicionarán sus actuaciones en otros conflictos presentes o futuros, y ha debilitado su posición global poniendo en peligro, como nunca, sus tradicionales alianzas.
Las consecuencias de este dislate de guerra, probablemente la más absurda e irracional de cuantas recoge la historia, interesan la geopolítica mundial. Europa ha entendido definitivamente que el “primo de zumosol” –me sea permitida la evocación- es un defensor poco o nada fiable; el balance de fuerzas en el mundo árabe se reorganizará de forma distinta, y los palestinos de Gaza y Cisjordania deberán afrontar un proceso histórico de nefastas consecuencias para ellos.
Los beneficiados serán Rusia, que se ha fortalecido política y financieramente al incrementar sus ingresos por exportaciones energéticas; y China, que con su silencio valida el refrán “cuando tu enemigo se equivoca, no le interrumpas”. El más favorecido, el gran vencedor, será Israel, que ha minado considerablemente la operatividad internacional de Irán, ha anulado a Hamás y diezmado la capacidad bélica de Hezbolá, e iniciado incorporación de los territorios de Gaza y Cisjordania a Israel en similar proceso al de Marruecos con el Sáhara
*José Antonio Gurpegui es Catedrático de Estudios Norteamericanos en el departamento de Filología Moderna de la Universidad de Alcalá. Es doctor en Filología Inglesa por la Universidad Complutense y doctor en Derecho por la Universidad Rey Juan Carlos.https://uah.es/es/
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